la mente completamente despierta.
—Valeria —dijo él, sin saludar—. Quería invitarte a mi boda. Va a ser el sábado.
Me quedé helada. Miré a Emiliano, tan pequeño que parecía un suspiro. Tragué saliva.
—Acabo de dar a luz —respondí—. No voy a ir.
Hubo un silencio raro. Luego su voz se tensó.
—Entiendo… pero necesito hablar contigo. Es importante.
—No hoy —corté—. No ahora.
Colgué. Me quedé temblando, con una mezcla de vergüenza y enojo que no sabía ni cómo explicar. ¿Invitarme a su boda? El divorcio había sido una