la miró con seriedad.
—Señora, una persona enterrada hasta el cuello no es una discusión familiar.
Mariana se sentó en las escaleras y se cubrió el rostro.
Cuando los paramédicos llegaron, cortaron la ropa que tenía cubierta de barro y comenzaron a retirarme la tierra con cuidado. Cada movimiento me provocaba dolor. Mi cuerpo temblaba sin control.
Uno de ellos me preguntó cuánto tiempo llevaba allí.
No estaba segura.
Había perdido la noción de las horas.
—Desde ayer —respondí—. Creo que desde ayer por la mañana.
El paramédico intercambió una