me negué.
No porque desconfiara de mi esposo, sino porque aquella propiedad representaba el esfuerzo de mi padre. Quería conservarla para mi futuro y para el de mis hijos.
Javier aceptó mi decisión con una sonrisa.
Pero, según los documentos que la policía comenzó a revisar, meses después había aparecido una supuesta autorización para gestionar la venta.
También había movimientos financieros que yo no reconocía.
Un abogado independiente, recomendado por una trabajadora social del hospital, revisó las copias que me entregaron legalmente.
Su conclusión inicial fue clara.
—Hay indicios de