ella había conocido durante todo el día. Su cálida sonrisa había desaparecido. El anfitrión amable y jovial se había esfumado. Su rostro estaba congelado, tenso, casi irreconocible.
Se acercó a la mesita junto a la ventana y colocó un grueso fajo de billetes sobre ella. Luego otro. Y otro más. Un fajo tras otro.
—Hay ochocientos mil —dijo con calma—. Llévenselos.
Bella lo miró fijamente, paralizada, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.
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—Vístete —continuó con voz baja pero urgente—. Enseguida. Y corre. Por la