hablar.
—Ya lo sabrás —dijo—. Ahora, corre. Te lo ruego.
Bella no hizo más preguntas. Con manos temblorosas, se vistió, tomó el dinero y lo siguió.
Abrió la puerta y la condujo apresuradamente por los pasillos traseros de la casa, evitando la luz y el ruido. Al llegar a la puerta trasera, se detuvo y la miró por última vez.
—No mires atrás —dijo—. Corre. Y no vuelvas jamás aquí.
Bella corrió.
Huyó en la oscuridad de la noche, cruzando el jardín, tropezando con los macizos de flores, mientras la