seguridad. También necesitamos que las autoridades de protección infantil conozcan lo que su hija acaba de decir.
Miré hacia la habitación.
Valeria estaba dormida, abrazada a su conejo.
Por primera vez comprendí que el silencio de mi hija no había sido tranquilidad.
Había sido una petición de ayuda que yo todavía no sabía escuchar.
A las once de la noche llegó una trabajadora social llamada Patricia.
Se sentó conmigo y me explicó los siguientes pasos.
Después me hizo una pregunta.
—¿Su esposo tiene acceso a las cámaras de su casa?