San Gabriel.
Fruncí el ceño.
¿Qué hacía allí a las once de la noche?
Lo observé entrar.
Dudé.
Pero terminé siguiéndolo.
La recepcionista parecía conocerlo.
Le sonrió apenas lo vio.
—Llegaste tarde hoy.
—Lo sé —respondió él—. Había alguien importante.
La mujer sonrió con tristeza.
—Ella estaría feliz.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
¿Ella?
¿Quién era ella?
Esperé unos minutos antes de entrar.
Luego me acerqué al mostrador.
—Disculpe… estoy buscando a un hombre que acaba de entrar.
La recepcionista me observó.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Usted