persona que apenas conocía y dudé de ustedes. Perdónenme.
La abracé con fuerza y le respondí:
—No podías saber la verdad. Te engañaron. Lo importante es que ahora estás en casa.
Evelyn lloró apoyada en mi hombro. Y por primera vez en un año entendí que mi hija había vuelto de verdad. No solo a nuestra casa, sino también a su verdadera familia.