Suspiré.
—Estoy acostumbrada.
—No deberías estarlo.
Esa frase me dejó callada.
Porque nadie me había dicho eso antes.
Días después, Noah me invitó a tomar un café.
No como un héroe.
No como una figura pública.
Solo como Noah.
Y poco a poco conocí al hombre detrás del nombre.
Descubrí que odiaba los eventos elegantes.
Que prefería desayunos simples.
Que escribía cartas a soldados jóvenes.
Que guardaba una colección absurda de tazas porque nunca recordaba dónde dejaba la anterior.
Él descubrió que yo no era una mujer rota.
Solo una
bordé un vuelo con mi hija de catorce meses creyendo que ya había sobrevivido al capítulo más difícil de mi vida.