al final de la lista, no al principio.
Es fácil explicar por qué el hábito de pasar la toalla por debajo de la puerta es tan popular. No te pide casi nada. Ningún artilugio especial. Ningún equipo caro. Ni una rutina complicada. Sólo un momento de reflexión en un lugar donde la gente suele estar demasiado cansada para pensar. En un mundo lleno de trucos de viaje exagerados, esa sencillez es parte de su atractivo. El truco no es glamuroso. No es lo bastante inteligente como para presumir de él.