El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

de los zapatos.

Nada.

—No fuiste tú.

Qué frase tan pequeña.

—Me equivoqué.

Seguí sentada en el sofá.

—Abre.

No.

—Por favor.

Esa palabra sí me hizo levantar la mirada.

Adrian casi nunca pedía.

—Necesito verte.

Me acerqué a la puerta.

—¿Para qué?

—Para disculparme.

—Hazlo desde ahí.

Silencio.

—Lo siento.

No sentí nada.

—Creí…

—Ese fue el problema.

—Sé.

—No.

Apoyé la frente en la puerta.

—Nunca dudaste.

—Evelyn.

—Si alguien decía algo malo de Chloe, necesitabas pruebas.

Si alguien decía algo malo de mí, te bastaba una frase.