El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

que elegí vivir una vida distinta.

Ella sonrió.

—Eso suena mejor.

Sí.

Mucho mejor.

Porque el día que Adrian me empujó embarazada no fue el día que mi matrimonio terminó.

Mi matrimonio llevaba años muriendo.

Ese fue el día que yo dejé de morir con él.

Y desde entonces, cada vez que pienso en aquella mujer arrodillada en el suelo, con una mano protegiendo el vientre y la otra intentando sostenerse contra un mueble, ya no siento lástima.

Siento orgullo.

Porque todavía lo amaba.

Todavía tenía miedo.

Todavía estaba herida.