cosa: durante años había pedido permiso incluso para estar incómoda. Aquella noche decidí que una duda razonable sería
suficiente para detener una firma, una transferencia o una conversación. No necesitaba demostrar primero que alguien tenía malas intenciones para protegerme mientras averiguaba qué estaba ocurriendo.
A la mañana siguiente, Martín confirmó que la doctora Elena conservaría su propia declaración de lo ocurrido. Ese detalle me tranquilizó. Ya no todo dependía de mi memoria durante una semana de duelo. Había personas independientes, documentos fechados y procedimientos que podían revisarse sin convertir