cerré la carpeta. Cociné algo sencillo y llamé a una amiga que no sabía todos los detalles. Hablamos de mi padre, no de Ethan. Fue una pequeña recuperación: recordar
que mi duelo existía por sí mismo y no tenía por qué convertirse en un apéndice del conflicto matrimonial.
Los días siguientes fueron deliberadamente aburridos. Respondía a lo que requería una respuesta, acudía a las citas programadas y evitaba tomar decisiones grandes por cansancio. Martín me recordó que no tenía que resolver en una semana un matrimonio de doce años,