al lado del otro, compartiendo una cerca y un ritmo de convivencia tranquilo y cotidiano, sin que ninguno de los dos jamás revelara la verdad que se escondía tras todo aquello. Ese hecho, en particular, no se puede cambiar ahora, por mucho que yo lo desee. Cuarenta años de pequeños saludos a través de la entrada de la casa. Cuarenta años de
manzanas que dejaban tranquilamente en nuestro porche cada otoño. Cuarenta años de un hombre viendo crecer a su hija desde detrás de una cerca que jamás cruzó.