a tres niñas sanas, seguras y felices. Cada logro pequeño —el primer diente, los primeros pasos, la primera palabra— llegaba acompañado de dudas y del temor constante a fallar.
Renunció a muchas cosas sin darse cuenta: relaciones que no prosperaron porque pocas personas estaban dispuestas a sumarse a una familia instantánea, ascensos laborales que rechazó porque implicaban viajar, sueños personales que fue postergando indefinidamente. Cambió su libertad de veintitantos años por biberones, mochilas escolares, ferias de ciencias y funciones de fin de curso.
Veintidós años después
Los años pasaron con