uno de sus diplomas le pertenecía tanto como a ellas. Le agradecieron los turnos dobles, las cenas humildes, las noches en vela, los abrazos silenciosos y, sobre todo, el simple hecho de haberse quedado cuando nadie más lo hizo.
Noah, incapaz de sostenerse, cayó de rodillas en el pasillo del auditorio. Los veintidós años de dudas, sacrificios y preguntas sin respuesta se disolvieron en ese instante. Todo lo que había dado, sin esperar nada a cambio, le fue devuelto en una sola frase pronunciada tres veces.