cocina. Yo pensé que estaba dormida, pero apareció arrastrando su manta.
No me hizo preguntas.
Simplemente me cubrió los hombros, apoyó la cabeza en mi brazo y se quedó conmigo.
Así era ella.
Después de separarme de Andrés, inventamos el frasco de la verdad.
Era un tarro de cristal decorado con estrellas de papel. Le expliqué que podía escribir cualquier pregunta que le diera vergüenza, miedo o tristeza.
Cada noche sacábamos una nota.
Algunas eran graciosas.
“¿Por qué la abuela habla con las plantas?”
“¿Los peces tienen sed?”
“¿Por qué