para merecer protección.
Lucía miró hacia la puerta por la que había salido su padre.
—¿Tengo que volver a su casa?
—Ahora no.
—¿De verdad?
—De verdad. Hoy vienes conmigo.
Se lanzó a mis brazos.
La abracé con cuidado, sintiendo cómo todo su cuerpo temblaba.
Hasta ese momento no había comprendido cuánto miedo llevaba acumulado.
Mi madre nos envolvió a las dos con sus brazos.
Nos quedamos así en medio del pasillo, sin preocuparnos por las personas que pasaban.
Una mujer mayor nos miró al cruzarse.
No dijo nada, pero