matrimonio, aquella costumbre me parecía romántica. Pensaba que Víctor solo quería regalarnos unos minutos tranquilos al final de cada jornada. Sin embargo, con el paso del tiempo, dejó de ser una invitación y se transformó en una imposición. No importaba si estaba cansada, enferma o simplemente sin ganas: él ponía el vaso delante de mí y esperaba con una paciencia terca hasta que yo lo bebía.
El líquido tenía un olor penetrante y un sabor amargo insoportable. A veces me quemaba la garganta y otras dejaba un regusto metálico en