ventanilla.
Abajo, Chicago se convirtió en una cuadrícula de luces.
Pensé que lloraría.
No ocurrió.
El llanto llegó por algo mucho más absurdo.
Una azafata pasó ofreciendo bebidas.
—¿Vino, agua o café?
—Agua.
Me entregó una botella.
Y de pronto recordé que Ethan siempre pedía ginger ale en los vuelos porque decía que el café de avión sabía a combustible.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
No lloraba por querer volver.
Lloraba porque incluso cuando decides abandonar una vida que te hace daño, sigue siendo tu vida.
No se