Mi marido me abandonó en el aeropuerto; ocho días después me preguntó por qué aún no había vuelto a casa

el título fuera una llave maestra.

Como si ser mi marido significara todavía tener derecho automático a saber dónde dormía.

—Voy a hablar con recursos humanos.

—Olivia.

—¿Qué?

Parecía desconcertado.

—He tomado un vuelo a las cuatro de la mañana.

—Yo tomé uno ayer.

—Eso no es lo mismo.

Me reí.

—Claro que no.

Su mandíbula se tensó.

—¿Podemos hablar?

—Tengo trabajo.

—Son las seis y media.

—Precisamente.

Intentó mirar dentro.

—¿Vives aquí?

—Temporalmente.

—Entonces es verdad.

—¿Qué cosa?

—Lo del trabajo.

Sentí una calma extraña.

—¿Pensabas que había volado