el título fuera una llave maestra.
Como si ser mi marido significara todavía tener derecho automático a saber dónde dormía.
—Voy a hablar con recursos humanos.
—Olivia.
—¿Qué?
Parecía desconcertado.
—He tomado un vuelo a las cuatro de la mañana.
—Yo tomé uno ayer.
—Eso no es lo mismo.
Me reí.
—Claro que no.
Su mandíbula se tensó.
—¿Podemos hablar?
—Tengo trabajo.
—Son las seis y media.
—Precisamente.
Intentó mirar dentro.
—¿Vives aquí?
—Temporalmente.
—Entonces es verdad.
—¿Qué cosa?
—Lo del trabajo.
Sentí una calma extraña.
—¿Pensabas que había volado