para hablar con una abogada.
Se llamaba Rachel Kim.
Me recibió en un despacho con ventanas enormes y una expresión que sugería que había escuchado todas las versiones posibles del desastre matrimonial.
—¿Está segura de que quiere iniciar un divorcio?
—No.
Alzó una ceja.
—Eso es más honesto de lo habitual.
—Estoy segura de que no quiero seguir viviendo como antes.
—No es exactamente la misma pregunta.
—Lo sé.
Rachel juntó las manos.
—Entonces no tiene que presentar hoy.
—¿Qué hago?
—Conocer sus opciones.
Durante una hora hablamos de la