ocurrió de manera dramática.
Se llamaba Noah.
Era consultor ambiental y tenía el hábito irritante de llegar diez minutos antes a todas partes.
Nuestra primera cita casi no ocurrió.
Yo estaba atrapada en una reunión.
Le escribí:
“Voy a llegar veinte minutos tarde. Lo siento.”
Respondió:
“Perfecto. Pediré algo. Avísame cuando estés cerca.”
Leí el mensaje tres veces.
Nada de:
“Siempre igual.”
Nada de:
“Mi tiempo también importa.”
Nada de silencios.
Simplemente:
“Avísame cuando estés cerca.”
Llegué veintisiete minutos tarde.
Noah estaba leyendo.
—Lo siento muchísimo.
Cerró el libro.
—¿Por