la mirada.
El asiento 18A estaba apenas cuatro filas delante de nosotros.
Y alguien acababa de dejar allí un sobre amarillo con mi nombre escrito a mano.
No recuerdo haber caminado hasta el asiento 18A.
Solo recuerdo la mano de Mateo aferrada a la mía y aquella frase repitiéndose dentro de mi cabeza:
“Alejandro no sabe toda la verdad sobre esa mujer.”
Mientras varios pasajeros aplaudían a Valeria, yo avancé cuatro filas tratando de no mirar hacia el frente.
El sobre amarillo seguía allí.
Mi nombre estaba escrito con tinta