saludaba con la mano cuando volvía a casa del colegio.
Una vez, me ofreció un pequeño pájaro de madera que él mismo había tallado.
Lo dejé caer cerca de sus pies.
Lo recogió en silencio.
—No tienes por qué caerme bien —dijo con dulzura—. Pero, por favor, ten cuidado al cruzar la calle. Tu madre se preocupa por ti.
Lo ignoré.
En aquel momento, incluso su amabilidad me pareció otro intento de ganarse el cariño de mi madre.
Pasaron los años.