amor.
Pero mientras sostenía a su hija, comprendió algo doloroso: podía protegerla, acompañarla y ayudarla a sanar, pero no podía borrar de inmediato la herida que Gabriel había dejado.
Aquella noche, cuando Lucía finalmente se durmió, Elena encontró el osito roto debajo de su almohada.
Junto a él había una nota escrita con letras infantiles:
“Papá, todavía te quiero, pero ya no quiero tenerte miedo”.
Elena lloró en silencio.
A la mañana siguiente llevó la nota a la psicóloga de Lucía.
Era hora de ayudar a su hija a recuperar