Hacía unos meses su salud se había deteriorado gravemente. Tras superar una enfermedad muy seria, apenas podía caminar, se fatigaba con facilidad y necesitaba ayuda para las tareas más simples. Michael estaba preocupado, aunque siempre había confiado en que recibía los mejores cuidados. Cada vez que hablaba por teléfono con su esposa, Sofía le repetía la misma frase:
—No te preocupes. Yo me ocupo de tu madre.
Al acercarse a la entrada de la mansión, una extraña sensación lo invadió. El lugar estaba envuelto en un silencio inquietante, hasta que