nosotros desde mi despido.
Después se puso seria.
—También revisé nuestras cuentas.
—¿Nuestras cuentas?
—Todas.
—¿Encontraste las contraseñas?
—Cambié las mías.
Sonreí.
—Bien.
—No sabía cuánto pagábamos de hipoteca.
—Ya sé.
—Tampoco sabía cuánto ahorrábamos.
Asentí.
—Pensaba que teníamos como cuatrocientos mil pesos en el fondo de emergencia.
Casi me atraganté con el café.
—¿Eso pensabas?
—Tú manejabas todo.
—Ese es exactamente el problema.
—Sí.
Me sostuvo la mirada.
—Lo es.
Había abierto una cuenta propia.
Había comenzado a administrar sus seguros.
Quería hacerse responsable de ciertos gastos personales.
No