Entré a casa diciendo que había perdido el trabajo.
—Horas después estabas haciendo una maleta.
—Entré en pánico.
—Lo sé.
—Sentí que todo iba a derrumbarse.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué no puedes perdonarlo?
—Puedo entenderlo.
—Eso no significa que pueda borrarlo.
Respiré.
—Si hubiéramos tenido menos ahorros…
—Si mi liquidación hubiera sido pequeña…
—Si tardara ocho meses en encontrar trabajo…
—¿habrías vuelto?
Laura no respondió.
Aquello era importante.
Finalmente dijo:
—No sé.
—Entonces necesitas descubrirlo.
Me miró.
—¿Y tú qué necesitas descubrir?
Pensé antes de contestar.
—Si me