di cuenta de lo mucho que había envejecido mi abuelo.
Tenía el pelo más blanco y más arrugas en el rostro.
Pero su sonrisa seguía siendo exactamente la misma.
Me quedé contemplando la fotografía durante un largo rato y, de repente, comprendí algo.
Dentro de unos años, no recordaré cuánto pesaba entonces.
Tampoco recordaré si se me veía la barriga.
Pero siempre recordaré cómo mi abuelo de 73 años, que también había pasado años avergonzándose de su cuerpo envejecido, encontró el valor para enfrentarse a sus propias inseguridades y ayudarme