persona que cambió fui yo.
Y, por primera vez en mis veintiséis años, me sentí verdaderamente libre.
Porque mi abuelo me enseñó algo que jamás olvidaré.
A veces, para ser felices, no necesitamos un cuerpo más delgado, un rostro más hermoso ni la aprobación de los desconocidos.
A veces, solo necesitamos a alguien que nos quiera lo suficiente como para ayudarnos a comprender, por fin, cuánto valemos.