que enseñarte algo importante.
—¿Qué es?
Guardó silencio durante unos segundos.
—Trae tu bañador.
Me reí.
—Abuelo, sabes perfectamente que no me gusta nadar.
—Lo sé. Pero hoy quiero que te lo pongas.
—¿Por qué?
—Lo entenderás cuando llegues.
Su voz sonaba tan seria que no hice más preguntas.
Cuando llegué, mi abuelo me esperaba junto a la piscina. Sobre la mesa había una caja vieja y, a su lado, su teléfono.
—¿Has traído el bañador? —preguntó inmediatamente.
—Sí, pero sigo sin entender para qué.
—Ve a cambiarte.
Lo miré,