me vio e inmediatamente guardó el frasco en su bolsillo.
—¿Qué acabas de poner ahí? —pregunté.
Él sonrió.
—Nada, cariño. Solo un saborizante especial.
Pero le temblaban las manos.
Desde aquel día, empecé a sentir miedo.
Durante varias semanas, me había despertado sintiéndome débil y mareada. A veces dormía tan profundamente que ni siquiera escuchaba el despertador.
Una noche, me desperté y vi a Daniel de pie junto a nuestra cama.
Tenía el teléfono en la mano.
Le susurraba algo a alguien.
—Sí, sigo haciéndolo. Pero se nos está acabando