a esa conclusión. Pero hasta que entendamos qué está ocurriendo, no vuelva a beberla.
Regresé a casa aterrorizada.
Y aquella noche presencié algo todavía más inquietante.
La puerta del despacho de Daniel estaba entreabierta.
Escuché su voz desde el interior.
—No puedo esperar más. Mañana tenemos que poner fin a esto.
Hizo una pausa y continuó:
—Ella no sabe nada. Y quiero que siga siendo así hasta el último momento.
Me quedé paralizada.
Aquella noche, Daniel volvió a traerme mi bebida.
—Bébetela, cariño.
—No quiero.
Su expresión se volvió seria.