contando algo sobre un informe aburrido que tenía que terminar, cuando, de pronto, sus palabras se detuvieron.
Su rostro se puso muy pálido, como si se hubiera quedado sin una gota de sangre.
—No me siento bien —susurró, llevándose la mano al estómago.
Entonces empezó a sudar.
Grandes gotas de sudor le recorrían la cara, a pesar de que en casa no hacía calor.
Intentó levantarse de la silla, pero le fallaron las piernas y cayó bruscamente al suelo de la cocina.
Fue entonces cuando empezaron los temblores.
Ahora estoy