con la mirada con la que alguien observa algo que le avergüenza.
Extendió la mano hacia el vientre de Megan y, con dos dedos, le apretó la piel blanda de un costado.
—¿Ves esto? —dijo con media sonrisa—. Por eso te digo que no comas palomitas por la noche.
Megan se quedó paralizada.
Sentí cómo me hervía la sangre.
—Ryan —dije con voz fría—, ¿qué forma es esa de hablarle?
Él se encogió de hombros.
—¿Qué he dicho? Estoy intentando ayudarla. Cuando está estresada come sin parar y luego se