habían respondido inmediatamente a sus órdenes.
Y a aquella frase que parecía adquirir un significado distinto con cada hora que pasaba.
«Entonces entiendes por qué es peligroso contrariarme».
Mi teléfono volvió a sonar.
Contesté.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Esperé unos segundos.
La llamada terminó.
Pensé que podía tratarse de un error.
Poco después, volvió a sonar.
Contesté otra vez.
El mismo silencio.
No se escuchaba ninguna voz.
No sabía si alguien estaba intentando asustarme o si aquellas llamadas no tenían relación con lo sucedido.
Pero después del tercer intento, empecé a