documentó cada detalle en el informe médico y solicitó la intervención de una trabajadora social.
Valeria firmó la denuncia con la mano temblorosa.
Pero la firmó.
Más tarde regresó al departamento acompañada por dos policías.
No volvió llorando.
Volvió cargando cajas.
Guardó su ropa.
Su computadora.
Sus discos duros externos.
Las escrituras del departamento.
Los documentos de la propiedad.
Las joyas que había heredado de su abuela.
La cafetera que compró con su primer sueldo.
Incluso la vajilla azul que Alejandro siempre aseguraba que era “de los dos”, a pesar