Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”. Fui al hospital, guardé el informe médico y, al regresar, dejé mi anillo de bodas sobre la mesa… sin imaginar lo que él encontraría después

podía ver la ciudad extendiéndose bajo la luz del atardecer.

Su rostro todavía conservaba una marca casi invisible.

No intentó ocultarla.

Aquella cicatriz no era un recuerdo de la mañana en que Alejandro la había destruido.

Era la prueba de la mañana en que ella dejó de permitirlo.

Un año después, Valeria recibió una carta.

No tenía remitente, pero reconoció la letra de inmediato.

Era de Alejandro.

Decía que había cambiado.

Que comprendía sus errores.

Que Rebeca lo había manipulado.

Que soñaba con el día en que Valeria lo perdonara.