que llevaba escondido en la manga.
Me agarró por la cintura. Le di un pisotón, lancé un codazo hacia atrás y logré liberarme. En ese instante, un disparo resonó contra el techo. Carlo me sujetó por el hombro y presionó el cañón de su arma contra mi costado. «¡Que nadie se mueva!». Dominic levantó su pistola. «Suéltala». Carlo me apretó con más fuerza. «Eras más fuerte antes de que ella te enseñara lo que es la compasión». «No», dije yo. «Es que antes te resultaba más fácil controlarlo». Se oyeron