brisa otoñal nos refrescó el rostro, disipando los últimos vestigios de la tensión del día. Caminábamos juntos: mi esposa, mi hija y yo, que volvía a sonreír, sabiendo que estaba a salvo. Y de esto sí estaba completamente seguro: por muy cruel e injusto que sea este mundo, mientras yo viva, nadie se atreverá jamás a poner una mano sobre mi hogar.
Parte 2: Lección de combate cuerpo a cuerpo para el depredador arrogante