mano contra el plexo solar. El sonido del aire saliendo de sus pulmones fue como el de un airbag pinchado. El tipo se desplomó sobre la alfombra sin siquiera un gemido, doblado de dolor insoportable.
El segundo y el tercero reaccionaron al instante, abalanzándose sobre mí por detrás.
Uno de ellos intentó estrangularme. Flexioné las rodillas, usando mi peso corporal para desplazarme, le agarré la muñeca, la retorcí y la estrujé hasta que se oyó un crujido agudo y característico. El chico gritó de dolor, pero yo ya había aprovechado