preguntó:
—¿Papá viene?
Lo abracé.
—Papá está trabajando.
—Prometió llevarme al zoológico.
Tragué.
—Otro día.
—Siempre dices otro día.
Casi lloré.
A las siete de la mañana encendí el teléfono.
Ciento treinta y siete llamadas perdidas.
Veinte mensajes.
“Nora, ¿dónde estás?”
“¿Dónde están los niños?”
“Contesta.”
“No hagas esto.”
“Tenemos que hablar.”
Después:
“Nora.”
Luego:
“Esposa.”
El último era un audio.
No me atreví a escucharlo.
Apagué el teléfono.
Me apoyé en la ventana.
Y por primera vez desde aquella mañana en el hospital pensé algo que nunca me había