cada metro.
No había fotografías nuestras.
No había juguetes elegidos por él.
No había olor a su perfume.
No había nada que me permitiera fingir que aquella era simplemente otra noche.
Acosté a los niños.
Grace preparó té.
Después se sentó frente a mí.
—Ahora.
—Es largo.
—Tengo noche.
Respiré.
—¿Recuerdas al jefe que tuve hace años?
—El guapo insoportable.
—Ese.
—¿Qué?
—Tuvo un accidente.
—Eso lo recuerdo.
—Perdió la memoria.
—También.
—Yo…
Silencio.
—Le dije que era su esposa.
Grace me miró.
No reaccionó.
Eso era peor.
—¿Qué?
—Le