a frente.
—¿Estás bien?
Fue su primera pregunta.
—Sí.
—¿La bebé?
—Bien.
Asintió.
Después:
—Necesito saber si es mía.
La frase fue brutal.
Yo la merecía.
—Sí.
—¿Los tres?
—Sí.
—¿Alguna posibilidad de que no?
—No.
Adrian cerró los ojos.
—Haré la prueba.
—Bien.
—No porque no te crea ahora.
Soltó una risa seca.
—Aunque supongo que entiendes por qué esa frase ya no significa mucho.
—Sí.
Nos sentamos.
La bolsa de juguetes quedó a su lado.
—Cuéntamelo desde el principio.
—Ya sabes.
—Sé lo que investigué.
Pausa.
—Quiero escucharlo