Dinero.
Copias de documentos.
Ropa.
Medicinas.
Billetes.
No tres pasaportes falsos —no estaba loca hasta ese punto—, pero sí identificaciones, partidas de nacimiento y suficiente efectivo para desaparecer unas semanas.
Entré en la habitación de los niños.
—Mamá…
susurró Leo.
—Shhh.
Metí a Milo en el cochecito.
Tomé a Leo de la mano.
Mi barriga pesaba tanto que casi no podía respirar.
En el ascensor me vi reflejada.
Cabello desordenado.
Ojeras.
Dos niños dormidos.
Embarazada.
Una fugitiva doméstica.
Tres años antes había entrado a un hospital igual de desesperada.
Ahora