no entendió.
Yo sí.
Al terminar se acercó.
—¿Te aburrí?
—Muchísimo.
—Bien.
—Muy presidente.
—Muy esposa.
Levanté una ceja.
—Ahora sí puedes usar esa palabra.
Sonrió.
—Tengo certificado.
Todavía conservaba los mensajes de aquellos tres años.
Los mismos que yo no pude borrar en el tren.
Un día cambié de teléfono.
Apareció la conversación.
“Esposa, ¿qué quieres comer?”
“La bebé pateó.”
“Milo mordió a Leo.”
“No llegues tarde.”
Me quedé mirándolos.
Adrian apareció detrás.
—¿Qué haces?
—Pensaba borrar esto.
Él se sentó.
—¿Quieres?
—No sé.
—Entonces no.
—¿A ti no