matrimonio legal —no desde la mentira—, Adrian me llevó al mismo café donde tuvimos nuestra verdadera primera cita.
—¿Por qué aquí?
—Porque fue la primera vez que te pregunté qué te gustaba.
—Eso es triste.
—Lo sé.
Nos sentamos.
Pedí té.
Él café.
—¿Te arrepientes?
pregunté.
Adrian sabía de qué hablaba.
—De casarme contigo.
—De volver.
Pensó mucho.
—No.
—¿Nunca?
—De volver, no.
Pausa.
—De algunas veces en las que intenté convencerme de que estaba bien antes de estarlo, sí.
—¿Por los niños?
—Por miedo a perderlos.
—Ah.
—Después entendí