cuatro de la madrugada, despierto.
La misma hora en que huí.
Durante años mi cuerpo recordaba.
Buscaba la maleta mentalmente.
Pasaportes.
Dinero.
Niños.
Salida.
Ahora abro los ojos.
Adrian duerme al lado.
Si me muevo, a veces despierta.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Y vuelvo a dormir.
No porque ya no pueda irme.
Porque sé que puedo.
Ésa es la diferencia.
La primera vez que viví con Adrian creía que para conservar el amor tenía que controlar la verdad.
Ahora sé que cualquier amor que solo puede sobrevivir dentro de